La importancia de adecuar las correcciones a los hijos según su edad.

¿Qué hace si su hijo de dos años se niega a comer? ¿Lo encierra en su cuarto hasta que le dé hambre o insiste paciente, pero firmemente, hasta que acceda? Escoger la primera opción sería indudablemente un error. Sin embargo, hay ocasiones en que la decisión correcta es más difícil de saber.

Disciplinar es mucho más complicado de lo que parece. No se trata solo de ejercer la autoridad con la finalidad de ser obedecido, sino que un padre debe evaluar cada detalle para conseguir que su corrección no sea ni muy dócil o autoritaria. Es fácil trasgredir los límites del correctivo, para pasar a la humillación, violencia o incluso permisividad.

Cuando un padre es demasiado severo por una acción de su hijo, que si bien es incorrecta, no merecía tal magnitud de castigo, puede mermar en su autoestima, seguridad e incluso en su carácter, convirtiéndolo en una persona rebelde, malcriada o inestable.

Lo mismo sucede cuando el correctivo no es suficiente para su mal comportamiento, ocasionando el crecimiento de las características caprichosas, engreídas o malintencionadas.

La psicóloga educacional Giulietta Vaccarezza, explica cuáles pueden ser las consecuencias del castigo físico recurrente. Comenta que aunque suponen un efecto regulatorio inmediato, a futuro generan consecuencias preocupantes. Los niños se distancias de sus padres, o crece en ellos un resentimiento. Además, los golpes no necesariamente los hacen aprender la lección.

“Aunque parezca contradictorio, gritar al niño y reñirle es un premio para el pequeño, puesto que con ello logra captar toda nuestra atención que es, en definitiva, su mayor objetivo”, comenta el psicólogo clínico español Alfonso Ladrón, para el medio web ABC.

La disciplina certera es aquella que combina el amor, la coherencia y la mesura.

Para niños de 0 a 2 años, se debe evitar por completo el daño físico, y en cambio alejarlos de estímulos distractores. Ellos entienden que algo no es correcto por el tono de voz del adulto. “No pueden establecer una conexión entre su comportamiento y el castigo corporal. Lo único que sentirían es el dolor de los golpes”, explica sitio especializado en salud infantil Kidshealth.org.

Cuando la edad va de 3 a 5 años, los padres deben recalcar su autoridad, ser coherentes y dar el ejemplo. Es aconsejable utilizar el método de “pausa obligatoria”, que significa dejar al menor en un ambiente sin ninguna distracción para que reflexione sobre su comportamiento. De 6 a 8 años es muy importante no amenazar con castigos poco realistas. En esta etapa quitarles ciertos privilegios es lo más adecuado.

Cuando empieza la pubertad, de 9 a 12 años, los niños deben comprobar las consecuencias de sus malas acciones sin recibir apoyo. Por ejemplo, por no hacer la tarea obtendrán una mala nota. Sin embargo, y aunque eso debería ser suficiente para que reflexionen, puede que en algunas ocasiones también se les deba disciplinar en el hogar, prohibiéndoles las salidas sociales o las recreaciones como televisión, videojuegos, entre otros.

Finalmente, durante la etapa de la adolescencia, es imperativo que los padres tengan en el control sobre temas como el dinero, las salidas después de la escuela u otros. Mantener las normas de convivencia claras y específicas a través del diálogo será importante para no llegar a extremos de rebeldía. Los castigos de corto plazo (por ejemplo, quitarles los permisos del fin de semana) suelen ser más efectivos, pues se cumplen en su totalidad.

Por supuesto, tenga en cuenta que si usted no es firme en su postura hasta el final, ningún castigo será suficiente para mejorar el comportamiento de su hijo. La disciplina con amor y decisión, es la disciplina efectiva.

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